Me encantan las fiestas, nunca me ha gustado salir de marcha, he salido de marcha muchísimo. También he hecho muchas fiestas, aunque algunas han sido demasiado parecidas a salir de marcha.
En el blog me gusta hablar extrapolando situaciones mías que puedan ser genéricas; un blog es una página personal en la mayoría de los casos, y éste, evidentemente, no está dedicado a un tema concreto más espécifico que el mero desahogo del autor. Excusatio non petita…
Siempre melancólica aún con una sonrisa, y siempre melancólica aún dando aparentes saltos de alegría, o borracha, filosofeando sobre el amor, la vida, la libertad, sabiendo por dentro que la mayoría de las cosas que decía eran grandes mentiras, y las demás, mentiras pequeñas.
Nunca me gustó salir como salían los demás. Quería que me gustara, pero no lo conseguía. Incluso en los cumpleaños de los amigos, al final, aburrida. Qué niña más aburrida. Hablando más con los padres de los niños que con los niños, muchas veces padres despreciativos de niños despreciativos también, otras solo posibilidades inconexas repartidas en el tiempo, que no han llegado nunca más allá del soplar las velas y volver a casa. De adolescente cuasialcohólica, el animal más social que yo misma conociera, autodespreciada por lo ligera, y la moralidad contradictoria y al final perdida del todo y pisoteada donde quiera que estuviera.
Esas noches fueron grandes. Grandes pesadillas de risas y locuras y sobre todo estupideces. De romper con todo, de romperte todo, reducirte al residuo más pringoso, más odiable y menos susceptible de ser compadecido. Hacerlo por hacerlo, voluntariamente y sin excusas, convertirte en aquello que siempre te asqueó, para poder disfrutar junto al resto, y sabiendo también que era mentira, que degradaba más así que de manera natural. Si acaso que de manera natural no degradaba, no más que al escarabajo que rueda su pelota, no más que al pájaro que deja morir a su polluelo que no supo volar a tiempo, pero saltó.
Pero las fiestas sí me gustan. Celebrar con cariño y entre todos, y reir sinceramente, o discutir para entender, y hablar con la música no demasiado alta, jugar sin tener que organizar toda la partida, compartir la comida, y si bebida, poca. Quedarse en casa hasta tarde, pero no sacar fuerzas de flaqueza. De manera natural no es aburrido, de manera natural no es ni ridículo ni anormal ni nada, y yo no lo sabía. Sin finalidades copulatorias, sin ruido taponando los oídos, sin bailes sin sentido, sin baños ocupados, sin verborrea, sin gente y gente y gente. Tanto tiempo pensando que era rara, defectuosa, pero era solo natural.
Me cansé, y de cansancio aprendí lo que olvidé al salir de mi.
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