Últimamente me he llevado bastantes varapalos en relación a la confianza que puede depositarse en los demás, y en el valor de las relaciones humanas.
Pese a mi mal humor, y a la dureza con que a veces rebato la opinión que no comparto, quienes me conocen saben que hasta ahora he sido ostentadora de un ferviente positivismo antropológico, del que hacía gala siempre que podía.
Porque al final puede que todo se resuma en puntos de vista, ya que cualquiera quiere actuar de la mejor manera posible, de acuerdo con su escala de valores y con su conocimiento de la situación.
Aún así, mi convicción estaba en que, por distinto que fuera el lugar desde el que se mirara, había un sustrato -algunos lo llaman ética, otros moralidad, unos pocos humanidad, aunque nombres tiene mil- que llevaba al equilibrio de las equivocaciones opuestas y parciales. Una especie de mano invisible del sistema amistoso y en general relacional que quitaba de aquí para poner allá y hacía que al final la sangre no llegara al río.
Pero estoy cansada. Cada día que pasa me parece que desde donde yo miro nada vale nada. Y no es que tenga un pensamiento absoluto, pues intento ser flexible y relativa a la hora de considerar cada suceso, sin decir este es malo o este es bueno. No es eso. Es que da igual que sea relativo o inestable, más bien me parece, y eso es lo que me está haciendo sentir mal, que todo es circunstancial.
Que todo es de una manera hasta que deja de serlo, nada permanece. No hay ni Amistad, ni Amor, ni ninguna mayúscula. Sólo hay circunstancia, convención. Decisiones, conscientes o inconscientes que le ponen un nombre a cada situación. Todo es una acción, sin fondo material que le de un sentido.
Bueno, sólo quería compartir un poco de esto, de todas maneras, solamente es el principio.
Abrazos.